Por Daniel Viáfara
Mientras en las selvas del Urabá y el Bajo Cauca el aire huele a humedad, a pólvora y a miedo, un combo de negociadores del gobierno aterriza en Doha, Catar. Allá, el desierto es un oasis de islas artificiales, rascacielos y hoteles que parecen palacios flotantes, donde todo huele a dinero nuevo. Este es el lujoso escenario que eligió el gobierno Petro para sentarse a hablar con el Clan del Golfo, ese ejército de narcos que pasó de ser paramilitar a un imperio del crimen.
¿Qué si es seguro? “Claro”, eso manifiesta el jefe negociador Álvaro Jiménez, con la tranquilidad de quien te ofrece un masaje en un spa de élite. Y tiene sentido. Catar tiene experiencia mediando en conflictos ajenos —desde los talibanes hasta el drama eterno entre Israel y Hamás—, así que parece el lugar perfecto para maquillar una paz que en Colombia huele a sangre fresca.
La cosa se pone más rara. El gobierno acusa al Clan de planear un atentado contra Petro desde una supuesta “junta de narcos” en Dubái, otro paraíso del lujo. Los voceros del Clan, por supuesto, niegan todo y dicen que esos “informes de inteligencia” son puras mentiras. Y sin embargo, ahí están, compartiendo mesa en salones con aire acondicionado, traductores y alfombras persas. ¿No es esto un baile macabro? Parece que en salones tan lujosos, los problemas incómodos, como un posible magnicidio, simplemente se guardan en un cajón con la misma facilidad con que se pide otro café. Acusaciones gravísimas que se esfuman en el frío artificial, mientras los tiquetes cuestan una fortuna y la base militar gringa más grande de la región mira todo desde la sombra. Doha no es un lugar neutral, es un teatro donde la diplomacia se viste de gala para que no se vean las heridas.
Mientras tanto, en Colombia, la realidad no tiene maquillaje. El Clan del Golfo, que ahora se hace llamar Ejército Gaitanista de Colombia (EGC) para sonar menos feo, ha crecido un 165% desde 2018. Ya son casi 13.000 hombres armados mandando en 300 municipios. Su poder va desde la cocaína y la minería ilegal hasta el control de migrantes y extorsiones que ahogan a pueblos enteros: vacunando al tendero de la esquina, controlando quién entra y sale de un pueblo, y decidiendo el precio del oro que se saca a la fuerza. Ni Duque ni Petro han podido frenarlos. Las grandes operaciones militares, llenas de anuncios y capturas, no han servido más que para podar un árbol que vuelve a crecer con más fuerza.
Mientras planeaban este viaje de lujo, la guerra no paró: más muertos, más sobrevivientes sin voz y más niños convertidos en frías estadísticas. ¿Un alivio para las comunidades? Suena más a una promesa vacía.
Y allá van los protagonistas: seis jefes históricos —alias ‘Chiquito Malo’, ‘Gonzalito’, ‘Chirimoya’, ‘El Cura’ y compañía— viajan como negociadores formales a Catar, junto a delegados del gobierno. Ver a los responsables de tanto dolor tratados como diplomáticos de alto nivel es una bofetada para las víctimas que siguen esperando justicia, no fotos elegantes desde el otro lado del mundo. ¿Recuerdan esa foto viral de Petro en la selva, rodeado de fusiles? Muchos creyeron que era en Doha, pero no. Fue en Colombia, un recordatorio brutal de que esta paz no nace en el lujo, sino en el barro.
Esta negociación en el desierto nos confirma algo que duele: la paz colombiana parece diseñada en un taller de alta costura. Es cara, es lejana, es elegante y, sobre todo, es distante. Pero las heridas de verdad siguen aquí, en la tierra que importa, donde lo que zumba no es el aire acondicionado, sino las balas y los lamentos.
La pregunta es clara: ¿será Doha el inicio de una tregua real o solo un espejismo para distraernos del caos? Mientras esperamos, la gente en los territorios clama por algo tangible: no quieren canapés diplomáticos, quieren vidas salvadas y pueblos libres. Porque la verdadera paz no se firma en palacios; se construye en el corazón herido de un país que sueña, de una vez por todas, con despertar de esta pesadilla.
Daniel Viáfara B.
La Grieta
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Totalmente de acuerdo, la paz no se firma en la comodidad, se construye en el territorio donde se sufre el verdadero conflicto