Por Daniel Viáfara B.
Ayer, el terrorismo dejó de ser un titular lejano. En Cali, la guerra se hizo tangible y tomó forma de cilindro bomba, nos robó la calma. Imagínelo: un amasijo de metal y explosivos que irrumpe en su carro o se estrella en su sala, aniquilando esa tranquilidad sagrada de después del almuerzo. El miedo ya no es una palabra que leemos; es un escombro en mitad de la casa.
Esa imagen brutal es el resumen perfecto de nuestra nueva realidad. El terror ya no toca a la puerta; la derriba y se acomoda en nuestro espacio más íntimo.
Tras el estruendo, el humo y la sangre, se activó el libreto de siempre. El presidente Petro vino a Cali al final del día con un culpable debajo del brazo, señaló con el dedo a las disidencias del EMC —una reacción a los golpes del Estado, dijo— y nos recordó que todo esto es culpa de la “junta del narcotráfico”. El alcalde Éder, por su parte, sacó la chequera y ofreció 400 millones de pesos por información, como si la solución a un problema estructural se pudiera comprar al por mayor. Se anunciaron restricciones, se militarizaron los accesos y se activó el Puesto de Mando Unificado. Un ‘déjà vu’ con un saldo de seis muertos y más de 70 heridos.
Mientras tanto, la gente de a pie, la que de verdad vive en la ciudad, hacía lo que siempre le toca: sobrevivir. Vecinos con palos y piedras cerrando sus propias calles para protegerse, porque la confianza en quien debe cuidarlos está tan rota como los vidrios de sus ventanas. La ciudad se paralizó, no por una orden oficial, sino por el pánico colectivo. Porque cuando un cilindro aterriza en la sala de tu vecino, entiendes que el próximo puede ser para ti.
Y entonces, como un reflejo instintivo social, el caleño saca de nuevo a relucir la palabra mágica: resiliencia.
Nos encanta hablar de la resiliencia caleña. Es un relato épico y seductor. Recordamos la explosión de 1956 que borró 41 manzanas del mapa y cómo de esa tragedia nació la solidaridad y “El Pueblo de Lata” que se convertiría en Aguablanca. Recordamos los años oscuros del narcotráfico, los carros bomba que intentaron apagar la alegría, y cómo la ciudad respondió con más salsa, más feria, más vida. Es una historia de orgullo, de un pueblo que sabe bailar incluso cuando la música es la trompeta del minuto de silencio.
Es una historia cierta. Pero también es una trampa peligrosa.
Nos hemos acostumbrado tanto a aplaudir nuestra capacidad para levantarnos que hemos dejado de preguntarnos por qué nos caemos tan seguido. La resiliencia se ha convertido en la coartada perfecta para un Estado que falla una y otra vez. Es como felicitar a alguien por saber poner una curita en una herida de bala, en lugar de exigir que dejen de dispararle.
Celebrar que los caleños cierran sus calles es admitir que la policía no puede. Elogiar la solidaridad para reconstruir una tienda es normalizar que el terrorismo puede destruir el sustento de una familia con total impunidad. La resiliencia ciudadana no debería ser el plan A, B y C de seguridad. Debería ser el último recurso, no la estrategia principal.
El orgullo de ser la sede de la COP16, la capital mundial de la salsa, la sucursal del cielo y un ejemplo de civismo, choca de frente con la realidad de un niño de nueve años, un taxista o una mujer embarazada asesinados por explosión terrorista. Choca con el terror de una persona que se salva de morir por entrar a comprar una cerveza. El problema es que nos hemos vuelto tan buenos para sanar que al Estado le parece cómodo dejarnos heridos.
Este atentado no es un hecho aislado. Es el síntoma de una enfermedad que avanza sin control. La “paz total” suena a un chiste de mal gusto cuando la guerra se libra en los barrios, financiada por un narcotráfico que se ríe de las recompensas y las restricciones de camiones. La conmoción interior decretada por el gobierno, gracias a Dios se cayó; debería ser el inicio de una conversación honesta sobre qué diablos estamos haciendo mal.
Cali, la llamamos con orgullo “Sucursal del Cielo”, está cansada de tener que demostrar su fortaleza. Sus habitantes quieren vivir, no solo sobrevivir. Quieren que la única explosión sea la de los aplausos en un concierto de salsa y que lo único que vuele por los aires sean los sombreros en la feria.
La resiliencia está en el ADN de esta ciudad, nadie lo duda. Cali siempre sabrá cómo volver a bailar entre los escombros y encontrar un motivo para sonreír.
La pregunta que debemos hacernos es: ¿hasta cuándo vamos a permitir que sea el Estado el que siga poniendo la música de la tragedia? ¿Cuántas muertes más tenemos que ver antes que se entienda que son demasiadas?
Daniel Viáfara B.
La Grieta
