Por Daniel Viáfara B.
Colombia no es un país, es un estado de WhatsApp en un grupo familiar tóxico. Un scroll infinito de agravios, acusaciones y memes hirientes donde cada bando tiene su propia versión de la verdad, y la única certeza es que el otro está equivocado, es corrupto o, directamente, es el enemigo. No es una percepción, es un diagnóstico clínico: el barómetro de confianza de Edelman nos acaba de colgar la medalla de plata como el segundo país más polarizado del mundo. Un subcampeonato del que nadie debería sentirse orgulloso, pero que explica perfectamente esa sensación de vivir sentados sobre un barril de pólvora mientras todos juegan con fósforos. Y en medio de este caos, de esta fractura expuesta, resuenan dos ideas que parecen escritas para nosotros: la Teoría del Caos y esa vieja y efectiva máxima de Maquiavelo: “divide y reinarás”.
Empecemos por lo primero. La Teoría del Caos, que a muchos les sonará a película de dinosaurios, es en realidad una brutal metáfora de nuestra realidad. Postula que en sistemas complejos y dinámicos —como una sociedad, por ejemplo— un cambio minúsculo en las condiciones iniciales puede desatar un huracán de consecuencias impredecibles. Es el famoso “efecto mariposa”: el aleteo de un insecto en Bogotá puede terminar causando un desastre político en La Guajira. En la política colombiana, este aleteo no es una metáfora, es el pan de cada día. Un trino presidencial a deshoras, un nombramiento cuestionable, una frase sacada de contexto en una entrevista… son las pequeñas mariposas que desatan tormentas de desconfianza, crisis institucionales y, sobre todo, que alimentan a la bestia insaciable de la polarización.
Pero aquí es donde la cosa se pone más turbia. El caos en Colombia rara vez es espontáneo. Casi siempre hay alguien aleteando con una intención muy clara. Aquí entra en juego la segunda parte de la ecuación: el “divide y reinarás”. Una estrategia tan vieja como el poder mismo, pero que en la era digital ha encontrado su ecosistema perfecto. ¿Para qué construir puentes cuando se pueden dinamitar los del adversario? ¿Para qué buscar consensos si se puede fracturar al otro desde adentro, avivar sus peleas internas y sentarse a ver cómo se devoran entre ellos?
No hay que ir muy lejos para ver el manual en acción. La reciente disputa en el Pacto Histórico, con el Consejo Nacional Electoral estudiando la posible separación de sus partidos, tiene todos los ingredientes de un caos inducido. Mientras la coalición de gobierno se enreda en una batalla legal y existencial, el país real, el de los conflictos sociales que según la Defensoría del Pueblo aumentaron un 87% en el último año, sigue esperando. La división no es un efecto secundario de la política; se ha convertido en el objetivo principal. Debilitar al contrario, fragmentar cualquier bloque que parezca sólido, es la victoria. Gobernar, ya si eso, se verá después.
Esta estrategia se nutre de nuestra adicción al conflicto. Todo, absolutamente todo, es un campo de batalla. La reforma tributaria, la transición energética, los derechos de la comunidad LGBTI+, la paz, la guerra, el fútbol, la arepa con huevo. La agenda pública se ha convertido en un listado de temas para pelearnos, no para solucionarlos. Y en este escenario, la confianza en las instituciones se va por el desagüe. La confianza en los medios, por ejemplo, está en un mínimo histórico del 32%. ¿Cómo creer en algo o en alguien cuando el ruido es tan ensordecedor y cada fuente de información parece responder a los intereses de un bando?
Las redes sociales, por supuesto, son el acelerador de partículas de este caos. Son el megáfono que convierte un desacuerdo en una guerra santa, donde los algoritmos nos encierran en burbujas de confirmación y nos premian con dopamina cada vez que insultamos al que piensa distinto. Nos hemos convertido en soldados de una guerra digital que no entendemos, pero en la que participamos con un fervor casi religioso, convencidos de que nuestro bando tiene la superioridad moral.
Este fenómeno no es exclusivo de nuestro trópico. Lo vimos con Bolsonaro en Brasil, fragmentando el sistema para reinar sobre las ruinas, y lo vemos en la asombrosa capacidad de supervivencia de regímenes como el de Venezuela, que han aprendido a navegar y a utilizar el desorden a su favor. Colombia, con su historia de fracturas y violencias, es simplemente un laboratorio perfecto para llevar estas tácticas al extremo.
Así que la próxima vez que sienta ese vértigo, esa fatiga ante el interminable ciclo de peleas, pregúntese algo.
¿Este caos que nos ahoga es el resultado inevitable de nuestras diferencias, una manifestación natural de un país plural? ¿O hay alguien, en algún lugar del poder, agitando las alas de la mariposa a propósito, sabiendo perfectamente que la tormenta que viene nos dejará más divididos, más débiles y, en consecuencia, mucho más fáciles de controlar?
Daniel Viáfara B.