Por Adrián Zamora
El 9 de marzo de 2026, al filo de las once de la noche, el presidente de los Estados Unidos lanzó en Truth Social un breve mensaje que terminó por fracturar la narrativa del conflicto en Irán: “Esto es un regalo de los Estados Unidos de América para China”, escribió.
Apenas diez días antes, el 28 de febrero, Washington e Israel desataron la Operación Epic Fury contra el régimen, y desde aquel instante el Estrecho de Ormuz —arteria por la que respira el 20 % del crudo global— se ha sumido en una penumbra estratégica que mantiene en vilo a los mercados.
No asistimos simplemente a una guerra regional, sino a un movimiento sísmico en el tablero mayor de la rivalidad entre Washington y Pekín.
El análisis convencional suele detenerse en la contención nuclear o la idea de impedir que Irán alcance capacidad atómica, y aunque ese argumento tiene algo de verdad, explica apenas la superficie del conflicto.
El objetivo inmediato ha sido la decapitación quirúrgica del liderazgo iraní, acompañada por el desmontaje acelerado de la red de actores aliados que Teherán había construido durante décadas en la región.
Pero por debajo de esa primera capa se despliega una arquitectura estratégica más compleja: la asfixia energética sobre China.
Entre el colapso del petróleo venezolano y la parálisis del suministro iraní, una porción vital del crudo que lubrica la maquinaria industrial china ha quedado, de pronto, comprometida.
Y este cálculo está conectado con la cumbre entre Donald Trump y Xi Jinping fijada para abril, pues Washington busca sentarse a la mesa con el precio del barril al alza, Ormuz bajo asedio y los proveedores estratégicos de Pekín neutralizados.
La guerra, en este sentido, está funcionando menos como un desenlace que como el preámbulo de una negociación de alto voltaje.
Por su parte, China responde con su milenaria lógica del silencio, dedicada a observar, calcular y evitar el paso en falso.
Condena el estruendo de los misiles en los foros diplomáticos y evacúa a los suyos manteniendo una distancia militar escrupulosa, pero su mirada es fija.
Pekín, que suministró a Irán radares y sistemas de precisión, utiliza hoy el conflicto como un laboratorio involuntario para medir el temple de su tecnología frente al músculo estadounidense.
Mientras tanto, el resto de los actores habitan en una paradoja; Rusia se beneficia del encarecimiento del crudo pero pierde una pieza clave de su arquitectura de seguridad, mientras las monarquías del Golfo están cobijadas por el paraguas de Washington, pero sus propias refinerías se convierten en los blancos predilectos de la represalia persa.

Adrián Zamora