Por: Daniel Viáfara B.
Las encuestas en Colombia se han convertido en una suerte de oráculo de bajo presupuesto. Son ese amigo que siempre pretende interpretar lo que piensas, pero que jamás se toma el tiempo de escucharte de verdad. Nos lanzan cifras con una seguridad de cirujano, maquillando la incertidumbre con porcentajes precisos, como si el descontento social o la esperanza pudieran tabularse en una tabla de Excel sin que el ruido de la calle altere el resultado. La fotografía que nos entrega Guarumo y Ecoanalítica no es la excepción: nos dibuja un país ordenado, nítido y casi lógico, cuando todos sabemos que Colombia, especialmente en las urnas, es un caos emocional que se mueve por pasiones, miedos y, sobre todo, por el deseo visceral de no dejar que “el otro” gane.
El dato que hoy tiene a todo el mundo sacando pecho o afilando cuchillos es ese 37,5% de intención de voto para Iván Cepeda y Aida Quilcué. A primera vista, la cifra es imponente. Ser el puntero en un país que se desayuna con escándalos y se acuesta con incertidumbre económica tiene su mérito. Sin embargo, si miramos bajo el capó, el motor del Pacto Histórico empieza a mostrar signos de recalentamiento. En 2022, Gustavo Petro llegó a la primera vuelta con un 40,34% tras una década de construcción de un culto a la personalidad y una narrativa de redención casi mística. Cepeda, con todo el aparato estatal a su favor y la disciplina de hierro de su base, aparece casi tres puntos por debajo de ese umbral. Esto nos dice algo fundamental: la izquierda tiene el techo bajo y las ventanas abiertas. Es la fuerza más sólida individualmente, pero ha dejado de ser ese tsunami imparable para convertirse en un fortín asediado que ya no suma, sino que resiste.
Mientras tanto, en la otra orilla, la derecha colombiana parece estar reviviendo su pasatiempo favorito: el canibalismo político. El empate técnico entre Abelardo de la Espriella (20,2%) y Paloma Valencia (19,9%) es una joya del análisis político. Estadísticamente, esa diferencia de 0,3% no existe; es un error de redondeo. Pero políticamente es una trinchera. La derecha tiene hoy un problema de identidad severo. Por un lado, De la Espriella encarna la estética del “macho alfa”, el castigo divino contra el petrismo y una narrativa de mano dura que suena muy bien en los videos de TikTok y en las reuniones de gremios indignados. El problema es que Abelardo es un candidato de nicho, un perfume caro que no todo el mundo tolera. Su techo es de cristal templado: moviliza a los convencidos, pero espanta a los indecisos.
Aquí es donde entra el factor sensatez, ese que a veces le falta a la política nacional. La misma encuesta revela una verdad que debería hacer reflexionar a los estrategas de la oposición: si el balotaje fuera hoy entre Cepeda y De la Espriella, el Pacto Histórico ganaría con una ventaja de casi 9 puntos (44,9% contra 36,4%). Es la derrota anunciada de la estridencia. En cambio, si la candidata es Paloma Valencia, el escenario cambia radicalmente a un empate técnico de 43,3% contra 40%. ¿Por qué? Porque Paloma, a pesar de su herencia uribista purasangre, ha logrado proyectar una imagen de rigor legislativo y una capacidad de diálogo que no asusta al electorado urbano y educado. Ella es, hoy por hoy, el caballo de Troya de la derecha; la única capaz de cruzar el puente hacia el centro sin que los centristas sientan que están saltando al vacío.
Y hablando del centro, lo de Sergio Fajardo (3,9%) y Claudia López (2,3%) es, sencillamente, un funeral en cámara lenta. Es doloroso ver cómo figuras que hace unos años soñaban con transformar el país hoy no alcancen ni para llenar un vagón del MÍO en hora pico. El centro en Colombia ha cometido el pecado capital de la política: la tibieza en tiempos de incendios. Ya no compiten por el poder; compiten por ser el árbitro que decida quién merece ganar la segunda vuelta. Su relevancia se ha reducido a la de un elector exigente y reticente que, en el momento final, terminará votando por “el menos peor”. Ese 11% de voto en blanco es, en realidad, el voto de un centro huérfaño que todavía no sabe si quedarse en casa viendo Netflix, salir a votar con un pañuelo en la nariz o irse a ver ballenas con Fajardo.
No nos llamemos a engaños. En regiones como el Valle del Cauca, donde el pulso político es una mezcla de maquinaria tradicional, fervor popular y una resistencia empresarial profunda, estos números se leen con una lupa distinta. El electorado regional está cansado del “visaje” bogotano y de las promesas que se quedan en el aire de la capital. Aquí, el Pacto Histórico sigue siendo fuerte en los territorios olvidados, pero ha perdido el encanto en las clases medias urbanas que hoy ven cómo el costo de vida y la inseguridad les respiran en la nuca. La derecha, si quiere ganar, tiene que entender que no se trata de quién grita más fuerte “¡abajo Petro!”, sino de quién ofrece una alternativa que no huela a revancha sangrienta.
El 2026 no se va a definir por quién llegue primero en la primera vuelta. Iván Cepeda ganará ese asalto, probablemente con un 36% o 38%, pero llegará exhausto y con pocas reservas para el round final. La verdadera elección es la pelea por el segundo lugar. Si la derecha se equivoca y elige el camino de la polarización absoluta con De la Espriella, le estará entregando las llaves de la Casa de Nariño a la continuidad del Pacto en bandeja de plata. Si, por el contrario, logran unificarse alrededor de una candidatura que represente orden pero con sensatez —ese “cambio de rumbo sin maximalismos” que parece encarnar Valencia—, estaremos ante un final de fotografía.
La conclusión es tan potente como incómoda: el Pacto Histórico ya no es invencible, pero sigue siendo la fuerza mejor ordenada frente a una oposición que parece más interesada en ganar el aplauso de sus seguidores que en ganar la Presidencia de la República. El país real, ese que camella bajo el sol, que sufre el tráfico y que cuenta los pesos para llegar a fin de mes, no está esperando un mesías ni un verdugo. Está esperando a alguien que, por una vez, entienda que gobernar no es una cuenta de cobro, sino un acto de equilibrio.
Al final, como siempre ocurre en este rincón del mundo, la pregunta que nos quedará el día de la elección no será quién es el mejor, sino quién es el que menos daño nos va a hacer. Con una derecha ocupada en medirse el aceite y una izquierda atrincherada en sus propias verdades, ¿será que los colombianos tendremos que elegir, una vez más, entre el miedo al abismo o la resignación del fracaso?
Daniel Viáfara B