Por Daniel Viáfara B.
Colombia tiene una resaca política de esas que no se quitan ni con el caldo más sustancioso ni con promesas de “cambio” de régimen. No es que hayamos madurado de repente o que nos hayamos leído a los clásicos de la ciencia política para entender qué nos conviene; es que estamos, lisa y llanamente, mamados. El país no está girando a la derecha por convicción ideológica, como quien decide hacerse vegetariano por amor a los animales, sino por puro agotamiento físico y mental. Estamos huyendo del péndulo porque el movimiento nos dio náuseas y el mareo ya es crónico.
Miremos el tablero que nos dejó la última encuesta de AtlasIntel, que más que una fotografía electoral, parece una biopsia de una sociedad exhausta. Lo que vemos no es una masa enardecida pidiendo volver al pasado, sino un juicio colectivo que ya dictó sentencia: el crédito político del gobierno se evaporó mucho antes de que se acabara el tiempo en el cronómetro. En política, cuando el desencanto se instala en la sala de la casa y empieza a comerse los muebles, no hay retórica ni “balconazo” que lo saque. El rótulo de “heredero” para el 2026 no es una bendición, es un yunque atado al cuello.
El fenómeno Abelardo: El Rockstar del Orden. Hablemos de Abelardo de la Espriella. El hombre no es un político, es un evento. Representa esa derecha que no pide perdón por existir y que ha entendido que, en un país con miedo, el orden vende más que la esperanza. Abelardo es la respuesta visceral a un gobierno que muchos sienten que se dedicó a filosofar mientras la calle se ponía color de hormiga. Su discurso de “contrarrevolución” y su estética de éxito sin complejos conectan con un electorado que ya no quiere que lo entiendan, sino que lo cuiden —o que, por lo menos, dejen de cobrarle más impuestos para financiar utopías—. Si la derecha logra tragarse el ego y unirse tras su figura en una consulta, Abelardo entra a la segunda vuelta con el impulso de un tren sin frenos.
Iván Cepeda: El ancla en la tempestad. En la otra esquina está Iván Cepeda, quien ganó la consulta del Pacto Histórico con la serenidad de quien sabe que hereda un incendio. Cepeda es, probablemente, el político más disciplinado y cerebral de la izquierda, pero carga con la maleta más pesada de la historia reciente: la gestión de Gustavo Petro. Su reto no es convencer a los convencidos —esos dos millones que votaron en su consulta están ahí—, sino evitar que el resto del país vea en él cuatro años más de lo mismo. Cepeda es la apuesta por la consolidación, pero en política, la continuidad suele ser la kriptonita de los candidatos cuando la desaprobación del gobierno de turno supera el 50%. Su ventaja hoy es que la izquierda está consolidada; su tragedia es que esa consolidación puede ser su propio techo.
Fajardo y la “Anestesia” del Centro. Y luego está Sergio Fajardo, el eterno profesor que parece llevar veinte años tratando de explicarnos una lección que no queremos aprender. Fajardo es el candidato que todos dicen querer cuando están cansados del ruido, pero por el que pocos se apasionan cuando llega la hora de la verdad. Su escenario es el de la “anestesia”: si el miedo a Abelardo y el odio al Pacto son lo suficientemente grandes, el país podría refugiarse en él como quien se toma un Dolex después de una noche de excesos. Sin embargo, sin un acuerdo real con liberales, verdes y ese petrismo que hoy está despechado y busca dónde dormir, Fajardo se quedará viendo la segunda vuelta por televisión, otra vez.
La mecánica del descarte. La realidad es que Colombia ya no vota por amor, vota por despecho. Somos esa pareja que sigue junta no porque se quiera, sino porque le da pavor la soledad o el costo del divorcio. La polarización nos ha llevado a un punto donde no elegimos al mejor, sino al que menos nos asusta. El 2026 será la elección del “basta ya”. Unos dirán “basta ya” de la izquierda y otros “basta ya” de los de siempre. En ese juego de espejos, el sistema de consultas será el filtro definitivo. Si la derecha se une detrás de un solo nombre —digamos Abelardo— y la izquierda hace lo propio con Cepeda, nos enfrentaremos a una final de infarto donde la ventaja estadística favorece a quien logre capitalizar la rabia.
Porque, no nos engañemos, la rabia es el combustible más eficiente de nuestra democracia. Fue la rabia la que nos dio a Rodolfo Hernández y la que puso a Petro en la Casa de Nariño. Hoy, esa rabia se ha transformado en un cansancio pesado, una tusa nacional que no se cura con discursos pulidos. El electorado está buscando un adulto en la sala, pero también alguien que sea capaz de dar un golpe en la mesa sin romperla.
Al final del día, el dato más subestimado no es quién lidera las encuestas, sino quién es capaz de leer que Colombia no quiere redentores ni profetas que prometan refundar la nación cada lunes por la mañana. Lo que el colombiano de a pie busca es, simplemente, un poco de silencio después de tanto estruendo. Queremos estabilidad después del sobresalto y un presidente que entienda que incluso la paciencia más infinita tiene un límite que ya estamos rozando con la punta de los dedos.
¿Estaremos condenados a elegir de nuevo entre el miedo y el resentimiento, o será que finalmente el cansancio nos dará la lucidez para buscar una salida que no sea otro salto al vacío?