La política colombiana parece haber encontrado su manual de instrucciones en los principios de la teoría del caos: cualquier movimiento, por minúsculo que parezca, termina desencadenando un terremoto político. Y lo peor no es la turbulencia en sí misma –que puede ser parte natural de toda democracia viva–, sino la forma en que el poder convierte ese caos en estrategia, aplicando con precisión quirúrgica la vieja receta de los emperadores: divide y reinarás.
La teoría del caos, formulada por científicos como Henri Poincaré o Edward Lorenz, nos recuerda que los sistemas complejos son sensibles hasta lo absurdo: un pequeño cambio en las condiciones iniciales puede alterar todo el destino del sistema. En palabras sencillas, el aleteo de una mariposa en Bogotá puede terminar en huracán en Buenaventura. Pues bien, Colombia parece haberse convertido en el laboratorio social más eficiente para demostrarlo: basta un nombramiento mal calculado, una frase ambigua de un ministro o una reforma mal comunicada para que se incendien las calles, se paralice el Congreso y los noticieros transmitan en cadena nacional un espectáculo de crisis interminables.
El caos aquí no es accidente: es combustible. Y el poder, consciente de ello, lo maneja como un recurso renovable. Lo vimos durante el Paro Nacional de 2021: una reforma tributaria presentada como “técnica” terminó en un estallido social que puso en jaque al gobierno de Iván Duque, revelando que en un sistema frágil hasta un detalle mal calculado puede dinamitar la gobernabilidad. Hoy, con el Pacto Histórico en el poder, la historia se repite bajo nuevas formas: disputas internas magnificadas por el Consejo Nacional Electoral, partidos de gobierno que coquetean con la oposición y un presidente que, con un tuit confuso, puede desencadenar tres días de caos mediático.
La polarización, más que un defecto de fábrica, se ha vuelto un activo político. Aquí conviene preguntarse: ¿es el caos espontáneo o inducido? Porque la sensación es que alguien mueve las fichas para que nunca haya estabilidad, para que la ciudadanía viva atrapada en un estado de sobresalto permanente. El “divide y reinarás” no es una metáfora: es la táctica oficial. Dividir a la izquierda entre reformistas y radicales, dividir a la derecha entre uribistas y tecnócratas, dividir a la ciudadanía entre “patriotas” y “traidores”. Y mientras todos se despedazan en el ring, el poder administra el desorden con la frialdad de un prestidigitador.
No somos un caso aislado. Bolsonaro en Brasil perfeccionó el arte de gobernar con caos: dinamitar instituciones desde dentro mientras acusaba a los demás de conspirar. En Venezuela, el régimen de Maduro entendió que la inestabilidad podía convertirse en fortaleza: cada crisis, lejos de ser su tumba, le permitía reacomodarse y aferrarse al poder. En Colombia, el guion parece importado con subtítulos locales. El caos, lejos de ser la antesala del cambio, se convierte en la excusa perfecta para no transformar nada.
Lo grave es que, en esta dinámica, el pluralismo democrático termina criminalizado. El disenso se trata como amenaza. Los medios, en lugar de debatir ideas, instalan narrativas binarias: amigos o enemigos, patria o muerte, izquierda o derecha. Y las redes sociales, con su algoritmo voraz, amplifican la pelea hasta el delirio. Twitter (o “X”) es la versión digital del coliseo romano: ciudadanos convertidos en gladiadores virtuales, aplaudiendo la sangre de la confrontación mientras la política real se reduce a hashtags efímeros.
La teoría del caos aplicada a Colombia tiene un matiz cruel: las instituciones están tan debilitadas que cualquier chispa genera desconfianza total. Una Corte que filtra fallos anticipados, un Congreso que legisla con pactos bajo la mesa, un gobierno que improvisa discursos incendiarios… todo alimenta la sensación de que nadie tiene el timón. Pero la paradoja es que, en medio del desorden, siempre hay alguien que gana: quienes saben manipular la incertidumbre, quienes convierten la división en terreno fértil para consolidar su poder.
Vale la pena recordar a Ilya Prigogine, otro de los padres del caos, cuando decía que de la inestabilidad nacen nuevas formas de orden. El problema es que en Colombia el desorden rara vez desemboca en un nuevo contrato social; más bien, se recicla como farsa. El caos no nos conduce a un orden superior, sino a un eterno retorno de crisis repetidas, donde solo cambia el decorado.
La pregunta entonces es incómoda: ¿estamos condenados a que el caos sea nuestra única forma de gobierno? ¿O podríamos entender la polarización no como un síntoma patológico, sino como una oportunidad para ensanchar la democracia, para aceptar que el pluralismo no es debilidad, sino fuerza? Tal vez el reto sea dejar de temer al caos y empezar a domesticarlo: convertir la turbulencia en energía de cambio, no en excusa para la parálisis.
Por ahora, lo que tenemos es un país donde cada aleteo político provoca tormentas de indignación, pero ninguna transformación real. Donde “divide y reinarás” sigue siendo la regla de oro, y donde la mariposa del caos nunca deja de agitar sus alas. Colombia vive atrapada en ese torbellino, y mientras no aprendamos a gobernar la inestabilidad, el huracán seguirá arrasando con cualquier intento de construir futuro.
En este escenario, el verdadero dilema no es si habrá caos –porque ya lo hay–, sino quién se beneficia de administrarlo.
Germán Holguín
Especial para la Grieta