Por Daniel Viáfara B.
A ver, seamos sinceros. Hay una sensación en el aire, una especie de mareo colectivo cada vez que el presidente Gustavo Petro saca una nueva cifra de su sombrero. La sensación es que el gobierno no es que tenga la brújula rota; es que parece que va sin brújula, navegando a punta de intuición, trinos y, sobre todo, con un mapa donde los números se ajustan al destino deseado y no a la terca realidad. Y no, no es una simple percepción de la oposición; es el sentir de un país donde el 61,6 %, según encuestas, ya le bajó el pulgar a la gestión.
Y aquí es donde la cosa se pone interesante y hasta maquiavélica. Los romanos lo describían en una antigua frase que la política siempre tiene a mano: “divide y reinarás”. Uno esperaría que un presidente quisiera unir, encontrar ese terreno común en los hechos para avanzar. Pero, paradójicamente, gobernar con cifras ambiguas o a medias logra exactamente lo contrario: divide al país en dos realidades irreconciliables. Por un lado, están los que le creen a ciegas, y por otro, los que ven los datos de los técnicos, de los gremios y hasta del mismo Estado. Se crea una grieta, no para debatir soluciones, sino para enfrentarnos por cuál de las dos realidades es la “verdadera”. Una estrategia, consciente o no, que envenena cualquier posibilidad de diálogo o conciliación.
Para este truco de magia con los números, ya hasta hay un nombre elegante que usan los especialistas: “política estadística selectiva”. No se trata necesariamente de inventar cifras de la nada, sino de una estrategia mucho más sutil: seleccionar, interpretar y presentar datos objetivos para construir una narrativa que favorezca la agenda política, aun cuando la conclusión sea parcial o engañosa. Así, los números dejan de ser una herramienta de diagnóstico para convertirse en un arma de propaganda, donde la intención del mensaje parece justificar cualquier imprecisión. Esta práctica convierte el debate técnico en un campo de batalla político y siembra una desconfianza total en la información oficial.
Y si con los números llueve, con las imágenes no escampa. La credibilidad del discurso presidencial se ha visto comprometida por incidentes que trascienden el error estadístico. La publicación de imágenes de submarinos generadas por inteligencia artificial o la promoción de un monumento en Kansas como si fuera una obra en La Guajira son actos de desinformación que han llevado a algunos sectores a calificar al mandatario como el “rey de las fake news”. Cuando la máxima autoridad del país recurre a la ficción para ilustrar su gestión, no solo se expone al ridículo, sino que devalúa la moneda más importante de un gobierno: la verdad.
Pero la vaina se pone realmente seria cuando esta falta de rigor se traslada al diseño de políticas públicas. Un ejemplo claro es la polémica por las cifras de salud. Lanzar al aire la afirmación de que 340.000 muertes son atribuibles directamente a fallas del sistema de salud es de una contundencia brutal. El problema es que esa cifra ha sido matizada hasta el cansancio por entidades como el Instituto Nacional de Salud (INS), que aclaran que dichas muertes responden a múltiples factores y no pueden ser imputadas a una única causa. Es como culpar al asfalto de todos los accidentes de tránsito.
Este manejo laxo de los hechos se repite en otros frentes. Decir que el alza de la gasolina “no afecta a los pobres” es una bofetada a los 14 millones de motociclistas de este país. Hablar de la mortalidad materna con números absolutos, sin la tasa ni el contexto que exige cualquier epidemiólogo, no es un error técnico, es manosear una tragedia para sacar pecho. Y mientras en Palacio nos pintan un país de unicornios fiscales, los que saben de plata, como Fedesarrollo, están prendiendo todas las alarmas sobre un presupuesto para 2026 que gasta mucho más de lo que ingresa, repitiendo “errores del pasado”.
Al final, gobernar sin brújula, o peor, usando la confusión como una, tiene un costo altísimo. El debate público se vuelve un lodazal donde pasamos más tiempo verificando si lo que dijo el presidente es cierto que discutiendo sobre el futuro del país. Y esa, quizás, es la victoria más amarga de esta estrategia: mientras nos dividimos discutiendo cifras, los problemas reales siguen ahí, esperando a alguien que, por lo menos, acepte leer el mapa correcto. La campaña ya empezó y vamos a ver cosas que “nunca antes”.
Daniel Viáfara B.
La Grieta
