Por: Daniel Viáfara B.
Saquen su detector de humo, pónganse cómodos y, si es posible, sírvanse café o algo fuerte. La función de hoy en el gran teatro político nacional vuelve a tener como protagonista al hombre que prometió cambiarlo todo: Gustavo Petro. El presidente que, tras tres años de gobierno, nos ha entregado un maratón de monólogos torrenciales con un accesorio que ya es leyenda: un lápiz. Sí, ese humilde lápiz de madera, de esos Mirado que algunos llegamos a usar, el Berol era más barato; y que en sus manos se transforma en varita mágica, en cetro de rey filósofo, en el bisturí con el que disecciona —o más bien, inventa— la realidad del país frente a una audiencia cautiva.
Que a nadie se le ocurra pensar que ese lápiz es para tomar apuntes o firmar decretos. Seamos serios. Ese lápiz es el compás de una orquesta emocional que solo él parece dirigir. Lo agita, lo apunta como si señalara a un enemigo invisible en la última fila, lo enrosca entre los dedos mientras nos sumerge en cifras, futuros utópicos y conspiraciones. Es su bastón de mando, el símbolo de un poder que se dibuja en el aire, pero que sufre de un vértigo terrible para aterrizar en el plano de la política real. Petro no gobierna, pontifica. Y con cada garabato imaginario, con cada promesa lanzada desde el balcón, una parte del país entra en trance, convencida de que el dibujo es más real que el concreto.
No nos engañemos, el hombre es un orador magnético, un sofista, un encantador de serpientes con una cuenta de X (antes Twitter) como flauta. Pero su estrategia de comunicación, si es que se le puede llamar así, es lo que comunicólogos expertos describen como un “esperpento comunicativo”. En criollo: un sancocho de ideas improvisadas, datos a medio cocinar y culpas ajenas que se sirven calientes en cada plato. Gustavo no dialoga, predica. No busca convencer con argumentos, sino reclutar feligreses con la emoción. Su discurso es una coctelera que mezcla la victimización personal —nadie ha sido más atacado que él—, la denuncia de un “golpe blando” perpetuo y la nostalgia de una revolución que solo existe en su relato.
El resultado de esta táctica es una genialidad populista: siembra confusión, pero cosecha una lealtad a prueba de escándalos. Su pueblo, ese al que le habla con la familiaridad de un viejo amigo, no siempre entiende el laberinto de sus razonamientos, pero le basta con sentir la convicción de su voz. Creen en el profeta, no en el gerente. Es una fe que no pasa por la razón, sino que se ancla directamente en el estómago, en la esperanza de que, de tanto mover el lápiz, algo bueno termine por aparecer, aunque la inflación diga otra cosa.
Esta es la fórmula del caudillo de manual, la que reduce la complejidad del Estado a una lucha entre el héroe y los villanos. “Yo soy el pueblo, el Camino la verdad y la vida”, parece decirnos con fe religiosa, y como tal, cualquier crítica no es una discrepancia democrática, sino una traición. ¿Un periodista cuestiona sus cifras? Es un peón de la oligarquía. ¿La oposición vota en contra de una reforma? Son los agentes del retroceso que no quieren que el país avance. Esta lógica ha derivado en una peligrosa ofensiva comunicacional. Como bien se lee en los rincones más honestos de internet, hay una percepción clara: “Petro es autoritario… los únicos medios que le sirven son los que nunca lo critican”. ¿Para qué debatir con la prensa “enemiga” si puedes tener tu propio ecosistema mediático? RTVC, en lugar de ser el escenario de la polifonía nacional, corre el riesgo de convertirse en el megáfono personal del presidente, una máquina de propaganda para el “yo-gobierno”.
Algunos teóricos de café dirán que todo es una estrategia calculada, una versión criolla de la “Teoría del Loco” de Nixon, con la que se busca parecer impredecible para desarmar al establecimiento. Pero a diferencia del calculador y paranoico Nixon, a Petro parece que se le van las luces de la estrategia. Su improvisación no se siente como una táctica, sino como un descuido de las formas que genera caos. El relato se atropella a sí mismo y se enreda en peleas con su propio gabinete, con su vicepresidenta, o en escándalos que van desde las finanzas de su campaña hasta los contratos de la UNGRD. Cada semana, una nueva crisis opaca a la anterior, en una vorágine donde gobernar pasa a un segundo plano.
Y aquí yace la gran paradoja de este gobierno. Mientras el presidente libra sus batallas simbólicas, hay cifras que podrían ser motivo de orgullo, como la reducción de ciertos índices de desempleo o algunos avances en la política de paz; o el manejo de tierras. Pero esos logros, quedan sepultados bajo toneladas de ruido. El principal saboteador de la narrativa gubernamental es, irónicamente, el propio presidente. Gobierna como si aún estuviera en campaña, olvidando que el poder no se mantiene con la mística del candidato eterno, sino con la solidez de la gestión y la construcción de confianza.
Gustavo Petro es, en esencia, un autócrata emocional con un lápiz por cetro. Un ilusionista que le habla a un pueblo que lo adora en lo simbólico, aunque se pierda en lo práctico. Su verdadero reto no es derrotar a los fantasmas que denuncia cada ocho días, sino aprender a narrar un país posible sin depender del caos y el culto a su personalidad. Porque, al final del día, el poder no se demuestra con un micrófono y un lápiz. Se demuestra con instituciones firmes, con resultados sostenibles y con un país que lo siga no por adoración ciega, sino por la convicción de que los garabatos en el aire se han convertido, por fin, en un plano bien construido.
Y eso, es algo que este gobierno todavía nos debe.
Daniel Viáfara Barona
