El 28 de julio quedará marcado en la historia política colombiana como el día en que el sol empezó a ponerse sobre el uribismo. Álvaro Uribe Vélez, el expresidente que fue sinónimo de poder, estrategia y polarización, ha sido declarado culpable por los delitos de fraude procesal y soborno en actuación penal. Lo que durante años parecía impensable en un país acostumbrado a ver a sus líderes políticos intocables, hoy se convierte en realidad: la justicia ha alcanzado al patriarca. Y con su caída, el ajedrez político nacional sufre un remezón de proporciones colosales a las puertas de las elecciones presidenciales de 2026.
La imagen del expresidente en los estrados judiciales, con toga y sin micrófono, es la metáfora perfecta del nuevo ciclo que se abre. El hombre que durante dos décadas marcó el ritmo del debate público, que moldeó partidos, presidentes, enemigos y batallas culturales, se enfrenta ahora a una sentencia que no solo lo desacredita personalmente, sino que pone en jaque a toda una corriente ideológica: el uribismo.
El fin del tótem: uribismo sin Uribe
Uribe no era simplemente un expresidente. Era el símbolo de una Colombia que se enorgullecía de la mano dura, de la seguridad democrática y del “no negociar con terroristas”. Su legado ha dividido al país entre quienes lo consideran el gran salvador de la patria y quienes lo ven como la encarnación del autoritarismo moderno.
La condena no solo es una afrenta a su imagen pública, sino un golpe directo al corazón de su movimiento político. El Centro Democrático, partido fundado y articulado en torno a su figura, se enfrenta ahora a un dilema mayúsculo: ¿cómo sobrevivir sin el mito? El uribismo, sin Uribe, se ve huérfano, desorientado y probablemente en vías de fragmentación.
Figuras como María Fernanda Cabal intentarán capitalizar el vacío, apuntalando un discurso más radical, mientras sectores más moderados buscarán desmarcarse para no hundirse con el barco. Pero sin el liderazgo vertical del caudillo y sin la narrativa de combate constante que lo sostenía, es difícil prever si el movimiento podrá reconfigurarse o si se convertirá en una reliquia política para estudiosos del populismo criollo.
El alivio de la izquierda: ¿triunfo o trampa?
Del otro lado del espectro, el gobierno de Gustavo Petro y sus aliados ideológicos celebran el fallo como una reivindicación histórica. Desde su ascenso al poder, el petrismo ha enarbolado la bandera del cambio frente a un pasado que identifica con Uribe: corrupción, clientelismo, represión. Hoy, la justicia les ha dado una pieza clave para reforzar esa narrativa.
Pero el júbilo no puede esconder los peligros de la autocomplacencia. El petrismo, fortalecido por esta victoria simbólica, corre el riesgo de centrarse en la caída del adversario más que en sus propias tareas de gobierno. Y eso, en un país con crisis económicas, problemas de seguridad, tensiones institucionales y reformas truncadas, es jugar con fuego.
La izquierda tiene ante sí una oportunidad real de consolidarse de cara a 2026, pero para lograrlo deberá demostrar resultados concretos y evitar caer en la tentación de gobernar desde la revancha histórica. El país no necesita más vendettas políticas, sino soluciones sostenibles. La caída de Uribe, por sí sola, no resuelve los problemas de Colombia.
El centro indeciso: ¿auge o naufragio?
Este nuevo contexto podría, al menos en teoría, abrir una oportunidad de oro para el centro político. Con el uribismo debilitado y el petrismo enfrentando su propia curva de desgaste, muchos ciudadanos podrían inclinarse por una tercera vía. Sin embargo, los sectores de centro han demostrado hasta ahora una alarmante incapacidad para organizarse, articular un mensaje claro y presentar un liderazgo sólido.
El espacio está ahí, sin duda. Una parte importante del electorado está harta de la polarización, de los discursos inflamados y de la política de extremos. Pero para capturar ese desencanto, el centro necesita algo más que tecnócratas bien intencionados y declaraciones de moderación: necesita pasión, propuesta, y sobre todo, una narrativa que emocione. Porque en Colombia, la política es también espectáculo, y el centro aún no ha aprendido a hacer buen teatro sin perder la ética.
¿Una justicia más fuerte o una ilusión pasajera?
El veredicto contra Uribe marca un antes y un después también para el sistema judicial colombiano. Por primera vez, un expresidente ha sido condenado en un proceso que, pese a sus dilaciones y tensiones, llega a una conclusión inesperadamente firme. La señal es poderosa: incluso los intocables pueden caer.
Pero no es hora de cantar victoria. Esta sentencia no borra décadas de impunidad, ni garantiza que todos los poderosos enfrentarán la misma vara. La independencia judicial sigue siendo frágil, especialmente en regiones donde el poder político local continúa capturando instituciones. Aun así, este hito judicial es una oportunidad para fortalecer el Estado de derecho, siempre que se mantenga la presión social y el escrutinio ciudadano.
2026: el juego vuelve a empezar
Con el tablero político agitado por este fallo, las elecciones de 2026 se perfilan como las más inciertas en décadas. Ya no estará Uribe como candidato, ni siquiera como referente moral incontestable. Su sombra será larga, pero ahora proyectada desde el banquillo, no desde el atril.
Las derechas buscarán reinventarse, algunas quizás bajo nuevos nombres o discursos más frescos. La izquierda intentará capitalizar el momento, pero enfrentará el juicio implacable del balance de su gobierno. Y el centro… aún está por ver si despertará o seguirá divagando en comunicados de Twitter y coaliciones sin alma.
Colombia, una vez más, se encuentra ante una bifurcación histórica. Y aunque muchos insistan en que el patriarca cayó, el sistema que lo hizo posible sigue en pie. Habrá que ver si este otoño es el inicio del fin de una era… o solo el prólogo de una nueva versión del mismo cuento.
La Grieta