Por Daniel Viáfara B.
Hay que tener una dosis de audacia, o quizás de delirio mesiánico, para pararse en una tarima y darle órdenes al ejército de otra nación. No a cualquier ejército, sino al de los Estados Unidos. Gustavo Petro, en un acto que oscila entre la performance política y el stand-up comedy involuntario, decidió que era buena idea sugerirle a los soldados gringos que desobedecieran a su eventual comandante en jefe, Donald Trump, para proteger a movimientos como Antifa. Es como si el técnico del Cúcuta Deportivo le gritara desde la banda a los jugadores del Real Madrid cómo deben cobrar un tiro de esquina. Absurdo, grandilocuente y, sobre todo, una provocación directa, ¿quien dijo miedo?. Recordé un trino suyo del 26 de mayo de este año: “La fuerza pública debe obedecer la constitución y al presidente de la república que es su comandante en jefe.” Lo pueden ver aquí: https://x.com/petrogustavo/status/1927001568659808591
Y el destinatario, predecible como el amanecer y como en los duelos medievales, recogió el guante. Donald Trump, que no necesita excusas para prender empujado, respondió con la sutileza de un martillo. No mandó una nota diplomática, no llamó a su embajador a consultas. Hizo lo que mejor sabe hacer: un espectáculo. De un zarpazo, le revocó la visa estadounidense a Gustavo. Le tiró la puerta en la cara, y se encargó de que todo el mundo se enterara por todas las redes.
La reacción de Petro fue la segunda parte del guion que él mismo parece haber escrito. Salió a decir que no le importa, que él no necesita visa porque tiene pasaporte europeo y se considera “una persona libre en el mundo”. Una frase digna de un coach de Instagram, pero no de un jefe de Estado cuya principal relación bilateral, nos guste o no, es con el país que acaba de cerrarle la puerta. Esta pose de ciudadano universal, de mártir cosmopolita al que las fronteras terrenales no lo atan, es la cereza del pastel de una estrategia perfectamente calculada.
Seamos sinceros. A Petro no lo tomó por sorpresa. Este es un movimiento de ajedrez, no un exabrupto. ¿Por qué un presidente se arriesgaría a un choque tan frontal con la potencia que, para bien o para mal, marca el ritmo de la economía y la geopolítica del hemisferio? La respuesta no está en Washington, está aquí, en Colombia.
La política, a menudo, es el arte de la distracción, o como decía el poeta mexicano Octavio Paz: “La política es un “espectáculo” que muchas veces sirve para distraer a la sociedad de los problemas reales”. Mientras el país lidia con una “Paz Total” que se desmorona en los territorios, una economía que no termina de arrancar y unas reformas sociales empantanadas en el Congreso, Petro necesita una narrativa más grande. Necesita un enemigo exterior, un dragón al que enfrentarse para que sus feligreses lo vean como el héroe global de la justicia. Y no hay mejor dragón, en el imaginario de la izquierda latinoamericana, que un Estados Unidos gobernado por Donald Trump.
El libreto es viejo, todo un clásico, pero efectivo. Cuando la casa tiene goteras, uno incendia el antejardín del vecino. Todos mirarán las llamas y se olvidarán de los baldes que recogen el agua en la sala de casa de uno. Petro está creando una cortina de humo monumental. Al pelearse con Trump, consolida a su base, se victimiza ante la “ultraderecha” internacional y desvía la atención de los problemas que su gobierno no ha podido o no ha sabido solucionar. Cada trino de Trump en su contra es una medalla que Petro se cuelga en el pecho. La visa revocada no es una derrota; es el trofeo que confirma su estatus y condición de rebelde.
Este juego no es un hecho aislado. Encaja perfectamente con sus posturas sobre el conflicto entre Israel y Palestina, donde ha adoptado un tono de una virulencia tal que ha puesto en jaque décadas de relaciones diplomáticas. No se trata de un simple apoyo a la causa palestina; se trata de posicionarse como la voz más radical, el líder de un bloque ideológico que busca redefinir el orden mundial desde la confrontación. Petro no le está hablando a otros mandatarios ni a los líderes europeos. Le está hablando a su nicho, a esa audiencia global y local que aplaude el gesto desafiante por encima del resultado práctico.
El problema es que, mientras el presidente juega a ser el Che Guevara del siglo XXI en la tarima de la ONU, Colombia sigue siendo un país con problemas del siglo XX. La violencia en el Cauca, la extorsión en la costa y el desempleo en las ciudades no se solucionan con discursos incendiarios contra potencias extranjeras. La relación con nuestro principal socio comercial, vital para miles de exportadores y empleos, no puede quedar al albur del ego presidencial.
La jugada es arriesgada. Petro apuesta a que este conflicto le dará el oxígeno político que necesita para torear el temporal interno. Confía en que su imagen de líder antiimperialista le servirá de escudo contra las críticas por su gestión. Pero en política, como en la vida, los fósforos que uno enciende para distraer pueden terminar quemando la propia casa.
La pregunta que queda flotando en el aire es simple y a la vez aterradora: ¿está el presidente dispuesto a sacrificar la estabilidad y las relaciones estratégicas de 50 millones de colombianos por construir su propia estatua de la libertad en el cementerio de los héroes de la izquierda global? Porque una cosa es ser un líder de opinión y otra muy distinta ser un estadista. Y a veces, parece que Petro olvida cuál de los dos cargos juró cumplir.
Por Daniel Viáfara B.