Por Daniel Viáfara B.
La política colombiana es como un sancocho mal revuelto: puede parecer sabroso al principio, pero si escarbas, te encuentras con trozos duros, huesos y hasta piedras. Y en este caldo espeso de discursos progresistas y promesas de cambio, el caso de Francia Márquez huele a ese momento en que el hervor se convierte en quemadura. Es la cruda realidad de un sueño que, al tocar el poder, parece desvanecerse.
Francia no es solo una vicepresidenta. Es, o era, el símbolo de una Colombia que quería mirarse en un espejo distinto. Una mujer negra, del Cauca profundo, sin apellidos de abolengo, sin pasado en clubes sociales ni herencia política. Cuando subió al poder junto a Gustavo Petro, millones —con razón— celebraron que por fin los “nadies”, esos que Eduardo Galeano retrató con brutal ternura, tuvieran una silla en la mesa grande. Era la reivindicación de una historia de exclusión, la promesa de que, esta vez, la voz de los olvidados sería escuchada y honrada.
Pero lo que no nos dijeron es que esa silla venía sin micrófono. O al menos con uno que solo sirve para pronunciar discursos incómodos… que nadie quiere escuchar, especialmente desde las altas esferas.
Finalizando la semana, Francia Márquez alzó la voz en Cali con un tono que fue más llanto que discurso, más desahogo que acto institucional. Dijo, entre otras cosas, que no está en el gobierno “para quedarme callada”, y que ejercer la dignidad “no es conspirar”. Su rostro lo decía todo: no hablaba una vicepresidenta, hablaba una mujer agotada por empujar una puerta que se le cierra incluso desde dentro de su propio gobierno. Era el eco de una frustración profunda, la de quien ve cómo las barreras que prometió derribar se levantan de nuevo, esta vez desde el interior.
El problema aquí no es solo Francia. Es lo que ella representa: el recordatorio permanente de las promesas de campaña que no han cuajado, de las voces que ya no conviene amplificar, de una narrativa de inclusión que se volvió incómoda cuando dejó de ser útil electoralmente. Porque una cosa es posar en la foto con el pueblo, y otra muy distinta es repartirle cuotas reales de poder, de decisión, de incidencia. La inclusión, al parecer, tiene límites cuando se trata de la verdadera transformación.
Petro y su equipo —ese que parece girar en torno a cálculos, egos y el arte del enroque— ya no saben cómo lidiar con Francia. Ella no es domesticable, no sigue el libreto palaciego. A diferencia de otros vicepresidentes que fueron poco más que floreros con banda tricolor, ella exige agenda, presupuesto, presencia. ¿Y qué ha recibido? Una cartera simbólica, el Ministerio de la Igualdad, que hasta ahora es más una idea bonita que una realidad estructural, un cascarón sin recursos ni autonomía real.
Ah, el Ministerio de la Igualdad… suena poderoso, pero tiene menos dientes que una tía sin plan de salud. Sin autonomía técnica, sin músculo burocrático, sin la prioridad presidencial. ¿Y qué hace uno cuando le prometen un ministerio y le dan una oficina con secretaria prestada? Pues lo que hizo Francia: explotar. Su desahogo fue la expresión de un cansancio acumulado, de una lucha solitaria por darle vida a un proyecto que, en el papel, era revolucionario.
Pero claro, en Colombia eso se paga caro. Las columnas de opinión (escritas por tipos que jamás han pisado Guachené pero creen saber cómo se gobierna el Cauca) ya la tildan de “inmadura”, “divisionista” o “malagradecida”. Porque al parecer, para algunos, tener el atrevimiento de señalar el racismo estructural, el clasismo y la exclusión desde adentro del gobierno es más peligroso que quedarse callado ante ellos. La historia, tristemente, se repite con precisión milimétrica: cuando una mujer negra habla fuerte, molesta. Cuando una mujer negra exige, incomoda. Cuando una mujer negra no obedece, conspira. Y si además tiene micrófono y millones de votos, entonces es “una amenaza al equilibrio institucional”.
¿Y Petro? Bien, gracias. Aún no ha salido a respaldarla con contundencia. Silencio. La convirtió en el más soslayado “nadie” de Colombia, y eso duele más. Porque fue su escudero, su aliada, su símbolo. Hoy parece que es solo un ruido más en la casa de Nariño, uno que quisieran apagar con diplomacia, protocolos o marginación elegante. Es la paradoja de un gobierno que prometió ser la voz de los excluidos, pero que parece tener dificultades para escuchar incluso a la voz más representativa de esa exclusión.
Francia Márquez no es perfecta —nadie lo es—, pero su papel es necesario. Porque en medio de esta marea política donde todo se negocia, su voz sigue siendo brújula. Tal vez por eso molesta tanto. Porque no quiere convertirse en un busto institucional, sino en una gestora real de cambio. Porque le recuerda al país que los “nadies” siguen esperando, y que su paciencia tiene un límite. “No voy a fingir que no me duele, que no cansa, que no desgasta”, es la frase que debería resonar en cada rincón de Palacio, un eco de la realidad que muchos prefieren ignorar.
Lo que estamos viendo no es solo una crisis institucional entre dos figuras del poder. Es la radiografía de una decepción más amplia: la de quienes creyeron que el cambio incluiría a todos, y hoy se sienten de nuevo en la banca, viendo cómo el partido lo siguen jugando los mismos de siempre. Francia Márquez está sola. No porque no tenga pueblo, sino porque el poder es, muchas veces, una fiesta donde te invitan a bailar, pero no a escoger la música. Y cuando te atreves a cambiar la canción, apagan el parlante.
En La Grieta, seguiremos escuchando a quienes, incluso dentro del poder, siguen siendo tratados como “nadies”. Porque, al final, el silencio no transforma. Pero el ruido incómodo, el que nace de la dignidad y el dolor, sí puede hacer historia. Y Francia Márquez, con su voz quebrada pero firme, está escribiendo la suya, recordándonos que la verdadera lucha por la igualdad no termina con una elección, sino que apenas comienza cuando se entra al Palacio.
Daniel Viáfara B.
La Grieta