La política colombiana es un teatro de intriga, y el más reciente acto es la apertura de una investigación por parte de la Fiscalía sobre supuestos audios que implicarían a exfuncionarios en un plan para “destituir” al presidente Gustavo Petro. Este episodio no es aislado; es un síntoma alarmante de la tensión institucional y el ambiente político polarizado que asfixia al país, minando la confianza en las instituciones y desviando la atención de los problemas más urgentes que aquejan a los colombianos.
Colombia ha vivido históricamente ciclos de polarización política, pero la actual coyuntura parece haber alcanzado niveles inéditos. La llegada de un gobierno de izquierda al poder, después de décadas de administraciones más conservadoras, ha desatado una pugna constante entre el ejecutivo y diversos sectores de la oposición, así como entre el ejecutivo y los organismos de control. En este ambiente de desconfianza mutua, cualquier rumor, cualquier audio filtrado o cualquier acusación, por más infundada que parezca inicialmente, se convierte en munición para la batalla política.
La investigación de la Fiscalía es un paso necesario, en la medida en que cualquier indicio de complot o abuso de poder debe ser esclarecido. Sin embargo, el solo hecho de que se ventilen públicamente “supuestos audios” que hablan de destituir al presidente, sin una base probatoria sólida inmediata, contribuye a la narrativa de una “guerra sucia” y a la percepción de que la política se ha convertido en una lucha sin cuartel, donde todos los medios son válidos. Esto debilita la institucionalidad, ya que la justicia, en lugar de ser un garante imparcial, puede ser percibida como un actor más en la disputa política.
El “ambiente político polarizado” en Colombia es un campo fértil para estas disputas. Las redes sociales, en particular, se han convertido en cámaras de eco donde se amplifican las acusaciones y contra-acusaciones, sin espacio para el matiz o el debate constructivo. La conversación política se reduce a ataques personales y descalificaciones, haciendo imposible la construcción de consensos sobre temas fundamentales para el país. Esta polarización no solo afecta a la élite política; se filtra a la sociedad, dividiendo familias y comunidades.
Las consecuencias de esta tensión institucional son graves. Primero, desvía la atención y los recursos del Estado de los problemas reales que enfrenta el país: la inseguridad, la inflación, el desempleo, la crisis de salud y educación. En lugar de estar discutiendo cómo mejorar la vida de los colombianos, el debate público se consume en escándalos, investigaciones y acusaciones mutuas.
Segundo, socava la confianza ciudadana en las instituciones democráticas. Cuando el presidente acusa a la Fiscalía, o la Fiscalía investiga a exfuncionarios cercanos al gobierno por supuestas conspiraciones, el ciudadano común percibe que el sistema está corrupto o que las instituciones están instrumentalizadas por intereses políticos. Esto debilita la legitimidad de la democracia y puede generar apatía o, peor aún, un anhelo por soluciones autoritarias.
Tercero, hace más difícil la gobernabilidad. Un presidente que constantemente se siente amenazado o acosado por la oposición y los entes de control, encuentra más complicado sacar adelante sus reformas y ejecutar su plan de gobierno. La energía se gasta en la defensa, en lugar de la gestión.
La disputa por los audios es solo una manifestación más de una crisis de convivencia política más profunda. Colombia necesita con urgencia una tregua en esta guerra sucia. Los líderes políticos, de todos los espectros, tienen la responsabilidad de bajar el tono, promover el debate respetuoso y priorizar los intereses del país por encima de las agendas partidistas o personales. La Fiscalía, por su parte, debe actuar con la máxima transparencia e imparcialidad, asegurando que sus investigaciones se basen en pruebas sólidas y no en especulaciones. Solo así se podrá comenzar a reconstruir la confianza en las instituciones y sanar las profundas heridas que la polarización está infligiendo a la democracia colombiana. La política debe ser sobre soluciones, no sobre conspiraciones.
La Grieta