En un movimiento que sacude tanto el mapa del conflicto como el tablero de la negociación política, uno de los hombres clave del Estado Mayor Central (EMC), las disidencias de las FARC al mando de Néstor Gregorio Vera Fernández, alias ‘Iván Mordisco’, se entregó en las últimas horas a tropas del Ejército Nacional en el convulso departamento del Cauca. Se trata de alias ‘Kevin’ o ‘El Mocho’, un cabecilla de peso cuya decisión de abandonar las armas y buscar un sometimiento a la justicia abre una profunda grieta en la estructura de su organización y, al mismo tiempo, plantea un complejo dilema para la política de ‘Paz Total’ del gobierno. La entrega no fue un hecho menor; ‘Kevin’ no era un simple combatiente. Su rendición, producto de la constante presión de las Fuerzas Militares, representa un innegable éxito operacional para el Estado, pero su aparente negociación individual con la Fiscalía General de la Nación amenaza con enredar el ya frágil diálogo de paz que el Gobierno adelanta con la cúpula de ‘Mordisco’.

El prontuario de alias ‘Kevin’ es un reflejo de la guerra que azota al Cauca. Las autoridades lo señalan como el cerebro detrás de extorsiones a comerciantes y transportadores, ataques a la Fuerza Pública y el reclasificación forzado de menores, incluyendo a jóvenes de comunidades indígenas. Su principal rol, sin embargo, era el de articulador de las finanzas del grupo, controlando corredores de narcotráfico y rentas de la minería ilegal que son el combustible que mantiene viva la maquinaria de guerra del EMC en la región. Su entrega es, por tanto, un golpe directo al bolsillo de la estructura de ‘Mordisco’. Más allá del impacto financiero, es una fractura en la moral y en la línea de mando. “Cuando un cabecilla de este nivel decide que su mejor opción es entregarse, envía un mensaje demoledor a la tropa: la vía militar no tiene futuro y la cohesión interna del grupo se está rompiendo”, analiza un alto oficial de inteligencia militar. Este acto puede generar un efecto dominó, incentivando a otros mandos medios y combatientes a seguir el mismo camino.
Este éxito militar se convierte de inmediato en un desafío político. Mientras el Gobierno, a través de la Oficina del Alto Comisionado para la Paz, intenta llevar a cabo una negociación política colectiva con el EMC, ‘Kevin’ ha optado por un camino individual y estrictamente judicial con la Fiscalía. Son dos vías paralelas que no necesariamente convergen. Una negociación con la Fiscalía implica un sometimiento a la justicia ordinaria a cambio de beneficios y una posible rebaja de pena. Para obtenerlos, ‘Kevin’ deberá entregar información valiosa: rutas del narcotráfico, ubicación de otros cabecillas, redes de lavado de activos y caletas. Esta colaboración es oro para la Fuerza Pública y la justicia, pues permitiría desmantelar partes de la organización desde adentro, pero choca frontalmente con la lógica de la mesa de diálogo.
La situación pone sobre la mesa una contradicción fundamental de la ‘Paz Total’. ¿Se prioriza el desmantelamiento vía sometimiento individual o se mantiene la apuesta por un acuerdo político con toda la estructura, aun cuando esta sigue delinquiendo? Si muchos cabecillas perciben que pueden obtener mejores beneficios negociando por su cuenta con la Fiscalía, la mesa de diálogo con el EMC podría vaciarse de poder y legitimidad. Para el Cauca, la salida de un actor como ‘Kevin’ no garantiza una paz inmediata. A menudo, la caída de un cabecilla genera vacíos de poder que desencadenan luchas internas sangrientas por el control de las economías ilegales. Las comunidades que antes estaban bajo su yugo podrían ahora enfrentar la incertidumbre de una guerra de sucesión dentro del propio EMC o el avance de otros grupos armados, como el ELN o la Segunda Marquetalia, que buscan apoderarse de este estratégico territorio.
La entrega de ‘Kevin’ es, en definitiva, una fotografía compleja del momento que vive Colombia. Es la prueba de que la presión militar sigue siendo una herramienta efectiva, pero también es un espejo que refleja las tensiones y contradicciones de una política de paz que debe navegar entre los golpes de autoridad y la construcción de confianza en una mesa de negociación. El Gobierno celebra hoy un triunfo, pero mañana deberá resolver el acertijo que este mismo triunfo le ha planteado.