Por Daniel Viáfara B.
Que alguien me explique con plastilina. ¿Se nos independizaron Medellín y Cali y nadie nos avisó? Porque la telenovela que se armó con el viaje de Federico Gutiérrez y Alejandro Eder a Estados Unidos parece el primer capítulo de una secesión. Mientras en Bogotá desempolvan leyes del 94 y sacan el manual de derecho administrativo para ver si los alcaldes pidieron el permiso correcto, en las calles de sus ciudades la gente se pregunta algo mucho más simple: ¿sirve este viaje para que dejen de robarnos en la esquina o para que alguna empresa ponga una fábrica y dé trabajo?
Seamos claros: este no es un debate sobre un formulario. Esto es una pelea de poder con mayúsculas, un pulso entre dos visiones de país que chocan como trenes. Por un lado, tenemos la letra menuda, esa que recitan los abogados del Gobierno casi con placer culposo: que si el concejo, que si el gobernador, que si la Ley 1952. Un laberinto de burocracia diseñado, en el fondo, para que nadie se mueva sin la bendición del poder central. Y lo más delicioso del asunto, la joya de la corona: que un alcalde no puede “invadir la esfera de competencia” del Presidente, cuyo trabajo sagrado es manejar las relaciones internacionales.
Imagínense el sacrilegio. Alejandro Eder, viendo cómo Cali se ahoga en la violencia de bandas que se financian con narcotráfico, viaja a pedir cooperación en seguridad. ¡Qué osadía! Fico Gutiérrez, con el mismo panorama en Medellín, busca fortalecer el apoyo gringo a la policía. ¡Una afrenta a la soberanía presidencial! Es un guion tan absurdo que da risa. Es como decirle a un tipo al que se le está incendiando la casa que no puede llamar a los bomberos del barrio de al lado porque eso le corresponde, por decreto, al administrador del edificio. El absurdo burocrático convertido en dogma.
Mientras el presidente Petro se molesta porque le usurpan su rol de vocero único ante el mundo, Fico y Eder le responden con el pragmatismo de quien pisa el barro todos los días. “Mire, señor Presidente, con todo respeto, a mí la gente no me eligió para pedirle permiso, me eligió para conseguir resultados”. Y en esa frase, no dicha pero implícita, está el corazón de todo este lío. Es el grito de unas regiones cansadas de esperar que las soluciones lleguen por fax desde la Casa de Nariño. Es la evidencia de un centralismo asfixiante que obliga a los líderes locales a convertirse en diplomáticos a la fuerza, porque sienten que el embajador oficial está ocupado en otros asuntos más ideológicos que prácticos.
Los críticos, por supuesto, ven en esta gira una conspiración, una plataforma para la campaña presidencial de 2026. Y puede que no les falte razón. En política, toda jugada tiene doble fondo. Pero, ¿acaso eso invalida la gestión? ¿Es pecado capital que un alcalde, además de gobernar, demuestre que tiene la visión y los contactos para moverse en las grandes ligas? El Gobierno parece preferir alcaldes de parque y acera, administradores grises que no hagan mucha sombra. Pero la gente votó por líderes, no por gerentes de sucursal, y esos líderes entienden que a veces hay que saltarse el protocolo para salvar la casa en llamas.
La opinión tibia y equilibrada nos invita a la “concertación”, a buscar “espacios de diálogo” para que la política exterior sea “coherente”. Palabras bonitas que suenan a música celestial mientras el rancho arde. Lo que este viaje destapa no es una falla de procedimiento, es una fractura de confianza. Es la prueba de que el país va por un lado y el Gobierno, a veces, parece ir por otro. Los alcaldes no se “volaron”, como dicen algunos con veneno. Simplemente, abrieron sus propias alas porque sintieron que el avión principal no tenía un plan de vuelo claro para llevarlos a donde sus ciudadanos necesitan llegar.
Al final, la verdadera pregunta no es si Fico y Eder llenaron el formato correcto o si le pisaron los talones a la Cancillería. La pregunta que nos rasca el alma es si Colombia entera le dará por fin permiso a sus regiones para despegar, para que busquen su propio futuro sin pedirle venía a nadie. O si, por el contrario, seguiremos amarrados a la pista de un centralismo que, además de ineficaz, ya huele a rancio.
Daniel Viáfara B.
La Grieta
