Por Daniel Viáfara B.
Hay una tendencia en redes sociales que tiene a medio mundo rascándose la cabeza: los therians. Jóvenes que sienten una conexión espiritual y profunda con un animal, al punto de adoptar sus comportamientos, usar máscaras y saltar por los parques reclamando una identidad que la biología les niega. Es inofensivo, un tanto bizarro, pero fascinante desde la psicología del espectáculo. Sin embargo, mientras los adolescentes se ponen orejas de gato, en la Casa de Nariño habita un espécimen mucho más complejo y ambicioso. Gustavo Petro no es un therian que se autopercibe como un líder transformador; es, en la práctica más pura de la política criolla, un zorro. Pero ojo, un zorro de esos que saben perfectamente cómo entrar al gallinero para armar el alboroto, pero que no tienen la menor idea de cómo cuidar a las gallinas para que pongan huevos.
La sagacidad de Petro es innegable, pero es una astucia de supervivencia, no de construcción. El hombre no gobierna en el sentido técnico de la palabra; él habita una épica constante, una narrativa que le da vuelta a todo y no dice nada. Para el presidente, la realidad es ese estorbo incómodo que se atraviesa entre su cuenta de X y la gloria histórica que cree merecer. Mientras el país se desborona en cifras de seguridad y la ejecución presupuestal tiene el ritmo de una tortuga con artritis, él despliega su pelaje de cánido astuto para cambiar la conversación. Si el barco se hunde, Petro no busca el tapón; busca el micrófono para dar un discurso sobre la naturaleza del agua y culpar a las olas de ser “oligárquicas”.
El espectáculo de sus consejos de ministros transmitidos en vivo es la prueba reina de esta metamorfosis. Sin duda no son un ejercicio de transparencia y rectitud, son un reality show de bajo presupuesto donde el “Zorro” decide morder a su propia manada para quedar bien ante la cámara. Ver al presidente regañar, ridiculizar y exponer las falencias de sus ministros en público no es liderazgo; es una estrategia de distracción masiva. Es el truco de magia donde el mago te pide que mires su mano izquierda (el regaño al ministro) mientras con la derecha esconde el hecho de que no hay plan de seguridad, no hay ejecución, la salud sigue en caos y el presupuesto del 2026 parece un poema de ciencia ficción.
Cualquier analista serio, de muchos que tiene este país, lo nota de inmediato: Petro no forma o crea agenda, la desorganiza. Es un todo de entropía con banda presidencial. Su sagacidad radica en que, cuando la gestión hace agua, él inflama el relato. Si no hay hospitales nuevos, hay “bloqueo institucional”. Si la economía se estanca, es culpa de “no aprobaron la reforma”. El zorro nunca pierde, solo se repliega hacia una nueva narrativa donde él siempre es la víctima de un sistema que no lo deja ser el salvador que prometió. Es brillante, de verdad. Mantener a un país entero discutiendo sobre sus metáforas mientras los indicadores reales caen al sótano requiere un talento histriónico que ya quisiera cualquier therian de TikTok de esos que hoy son tendencia.
Pero la tragedia administrativa no se cura con astucia. El país no se maneja con tuits de tres páginas,”lives” de Facebook ni con hilos que parecen escritos a las tres de la mañana bajo el influjo de la iluminación mística del yagé ancestral. La administración pública es aburrida, técnica y requiere seguimiento; tres cosas que al instinto del zorro le producen alergia. Petro prefiere la adrenalina del conflicto, de los contrastes. Si el equipo de gobierno es frágil, en lugar de fortalecerlo, lo sacrifica en el altar de la opinión pública para salvar su propia imagen. Es la tercerización de la culpa: “Yo soy el visionario, ellos son los ineptos”. Una jugada maestra para sobrevivir, pero una condena para el ciudadano que espera que el Estado funcione.
La ironía es que los therians al menos son honestos en su fantasía. Saben que están jugando. En cambio, en este gobierno, la fantasía se ha convertido en política de Estado. Se reemplaza la estrategia por la improvisación y el resultado por la agitación. El “Zorro” sabe que mientras haya ruido, nadie notará el vacío. Sabe que si mantiene al pueblo entretenido con peleas morales y discursos incendiarios, el debate sobre la baja implementación y la precaria gestión y poca ejecución, quedará para la academia y los medios “enemigos”. Es una conducción por sobresalto, un constante “¡miren allá!” que nos tiene a todos con el cuello torcido mientras el bolsillo se nos queda vacío.
Al final del día, la sagacidad de Petro es su mayor herramienta de marketing y su peor defecto como gobernante. Puede que logre estirar el tiempo, que logre llegar al 7 de agosto envuelto en su propia mística de incomprendido, pero los ladrillos no se ponen solos y la país no se define solo con adjetivos en X. El zorro podrá ser muy astuto para esquivar las trampas del Congreso y los jueces, pero la historia no se escribe con lo que se dice, sino con lo que se hace. Y por ahora, lo único que se hace en este gobierno es política de medios digitales.
Petro podrá identificarse con la causa que quiera y actuar con la astucia del animal más escurridizo, pero la realidad es una fiera que no se domestica con discursos. La pregunta que queda flotando en el aire de cara al futuro es: ¿Seguiremos votando por el mejor narrador de fábulas o finalmente buscaremos a alguien que, sin tanta pretensión animal, sepa simplemente cómo manejar la finca?
Daniel Viáfara B.
Columnista