Por: Daniel Viáfara B.
Cali dejó de ser un proyecto de ciudad para convertirse en el “rebusque” de unos pocos con cuello blanco y chequera larga. Es doloroso, pero hay que decirlo sin anestesia: pasamos de ser la capital cívica de América a una especie de feria de saldos donde cada cuatro años llega un nuevo “gerente” a ver qué pedazo de la torta alcanza a morder antes de que se acabe la música. Esa es la herida que supura, la que explica por qué teniendo el puerto cerca, el talento de sobra y una historia que envidiaría cualquier capital, seguimos estancados en el lodo de la nostalgia, preguntándonos en qué momento el civismo se nos volvió una pieza de museo y la resignación nuestro pan de cada día.
No es que la mala suerte nos persiga; es que permitimos que la lógica del “atajo” —esa herencia maldita que el narcotráfico nos tatuó en el ADN— se volviera el manual de funciones de la administración pública. Hoy, el territorio no se gestiona, se “cuadra”. La ciudad no se planea, se reparte como si fuera una plaza de mercado donde los puestos se asignan al mejor postor o al que puso más votos en la última campaña.
La burbuja y el olvido
Durante décadas nos comimos el cuento de la Cali industrial, la capital deportiva de América, la pujante que organizaba Panamericanos y levantaba barrios con convite y sancocho, donde el caleño era un ser solidario y desinteresado. Pero mientras nos dábamos abracitos con palmadas en la espalda, la desigualdad se cocinaba a fuego lento. Mientras en el oeste algunos viven en una burbuja de cristal desconectada de la gravedad, en el oriente se consolidó un racismo estructural y un abandono estatal que hoy nos pasa factura con intereses de usura.
Esa desconexión es el caldo de cultivo perfecto para la captura política. La Alcaldía, las secretarías y hasta las empresas de servicios (sí, esas que deberían funcionar para la gente) terminaron convertidas en laminitas de Pannini de intercambio para clanes y padrinos. Cada gobierno llega con un eslogan nuevo, una etiqueta; porque lo importante es el logo, no la gestión, desarma lo que hizo el anterior por puro ego y deja un cementerio de proyectos a medias que nadie termina pero que todos pagamos.
La pedagogía del miedo
El narco no solo dejó muertos; dejó una escuela. Enseñó que el poder es controlar la esquina, comprar la conciencia del vecino y usar el miedo como herramienta de marketing. Esa lógica mutó, se recicló en el microtráfico que hoy se disputa los colegios y las rutas de transporte, mientras la respuesta institucional oscila entre la improvisación ridícula y la corrupción descarada.
Lo más cínico es que una parte de la sociedad ya normalizó que hay zonas “irrecuperables”. Como si el mapa de Cali tuviera huecos negros donde los derechos humanos son una sugerencia y no una obligación. El estallido de 2021 no fue un accidente; fue el grito de una juventud que se cansó de ser el paisaje de una ciudad que no les ofrece nada más que una mirada sospechosa por su color de piel o el barrio donde duermen; pero que tampoco tiene ideas más allá de la violencia.
Civismo de trinchera
¿Y el famoso civismo caleño? No ha muerto, pero está en cuidados intensivos o, mejor dicho, se volvió un acto de resistencia. Existe en las “islas” de colectivos juveniles, en las doñas que sostienen comedores comunitarios y en los artistas que limpian con rima lo que la política ensucia con contratos. Pero el problema es que esas islas rara vez se encuentran con la institucionalidad. Lo de hacer fila para el bus ya no es un principio, porque cualquiera tiene una motocicleta que atraviesa por donde le dé la gana. Para los de arriba, la gente del común es escenografía para la foto de campaña, no socios para el desarrollo, para los de abajo los malos es todo lo que tengan más arriba y los del medio ya no existimos, pero nos seguimos creyendo el pajazo mental de que estamos vivos.
Nuestra clase dirigente mira a Cali con lentes de miope, y en algún caso; de ciego. El empresariado la ve como un riesgo o como mano de obra barata; la izquierda la lee como una consigna de lucha eterna, y la derecha como un cuartel que necesita “mano dura”. Pero ninguno parece estar dispuesto a sentarse en una mesa donde no tengan el sartén por el mango.
¿Quién quiere de verdad a esta ciudad?
Querer a Cali no es ponerse la camiseta de la selección un domingo ni sacar un video emotivo en Instagram. Quererla es renunciar al privilegio de la rosca, romper el círculo del “yo qué gano ahí” ó “como voy en eso” y aceptar que no hay salida individual en una ciudad que se hunde colectivamente.
Elegimos mal porque votamos desde la rabia, el miedo o la promesa de un puestico de tres meses. Y así, el círculo vicioso se muerde la cola: gobiernos de papel, administraciones que parecen botines de guerra y una ciudadanía que, de tanto golpe, ya no espera nada de nadie.
Cali no está condenada, está en disputa. Pero mientras los que la aman de verdad sigan por fuera de donde se toman las decisiones, seguiremos entregándole las llaves del cielo a quienes solo quieren cobrarnos el parqueo. La pregunta es: ¿cuántos desengaños más necesitamos para dejar de ser espectadores de nuestra propia decadencia?
Y les dejo esta pregunta:
¿Estamos dispuesto a votar por un proyecto de ciudad que no te prometa un favor personal, sino un verdadero beneficio para la ciudad?
Daniel Viáfara B.
La Grieta