Por : Daniel Viáfara B.
Mire bien el calendario. Falta poco para el 31 de mayo de 2026 y las campañas presidenciales avanzan a toda marcha, pero déjeme bajarlo de esa nube democrática en la que cree que vive: en estas elecciones, usted no va a elegir absolutamente nada. Quítese esa ilusión de ciudadano libre y consciente de su voto. La cruda realidad de esta campaña es que las fuerzas que manejan los hilos invisibles de la política ya tomaron la decisión por nosotros; ellos ya lo eligieron a usted, a su vecino, a su tía y a su compañero de trabajo, y los metieron a la fuerza en una lista de reclutamiento digital. La estrategia de los comandos de campaña ya no es convencerlo con un programa serio de gobierno ni mostrarle cómo van a arreglar el hueco de la esquina o la quiebra del sistema de salud. No, el objetivo único y miserable de aquí al día de la votación es meterle en la cabeza, con embudo y a la fuerza, que el candidato del bando contrario es mil veces más peligroso que el propio. Bienvenidos a la campaña del reclutamiento emocional, el escenario donde los colombianos perdimos, sin darnos cuenta, la capacidad de decidir.
En Colombia ya no se discuten ideas; se discuten enemigos. El debate público se convirtió en una trinchera insoportable donde nadie escucha para entender, sino para responder con una piedra en la mano, atacar, ridiculizar o cancelar al que se atreva a pensar diferente. La política dejó de ser ese espacio necesario donde una sociedad civilizada decide cómo avanzar colectivamente y pasó a ser un ring de boxeo de baja categoría, donde la indignación produce muchísimos más votos y clics que cualquier propuesta seria.
Y ahí es donde nos estamos jugando el pellejo. El verdadero problema es que Colombia se acostumbró a odiar políticamente como si fuera un deporte nacional. El juego de las urnas ya no se decide por las cifras del desempleo, la seguridad en las regiones o las estrategias contra la corrupción impune. El veredicto se va a decidir por el estómago: por una acumulación de resentimiento, miedo, frustración, rabia y un cansancio histórico que nos tiene con los cables cruzados. El peligro de votar desde las tripas y con el odio alborotado es que el ciudadano deja de elegir proyectos de país y empieza a votar para cobrar venganzas personales.

Las encuestas de hoy reflejan perfectamente esta fábrica de emociones, mostrando un panorama donde tres nombres se disputan el control de nuestras rabias. Iván Cepeda lidera la intención de voto, capitalizando la indignación acumulada y presentándose como el guardián de las banderas de un sector que se niega a ceder terreno. Cepeda ya no ve opositores legítimos; su discurso señala únicamente a los representantes del establecimiento corrupto que trancan el avance social, manteniendo a su tribu digital perfectamente activada y armada con argumentos de superioridad moral.
Pisándole los talones y seguido muy de cerca aparece Abelardo de la Espriella. El abogado y candidato ha convertido el miedo y el orden en su principal combustible político, vistiendo su campaña con un estilo histriónico y directo que busca despertar al ciudadano asustado por la incertidumbre. Para De la Espriella, la moderación no produce clics; la confrontación abierta sí. Su estrategia no es convencer al indeciso, sino provocar al fanático, agitando las redes con la promesa de una mano firme que arrase con lo que él llama la amenaza de la izquierda radical.
Un poco más atrás, pero sin perder el paso, cabalga Paloma Valencia. La senadora y candidata vende un resentimiento moral combinado con el miedo al cambio drástico, simplificando la realidad hasta volverla infantil: o se defiende la patria que ella propone, o el país cae en un abismo irreversible. Su discurso convierte cualquier diferencia en una traición, alimentando la hoguera de un sector que se siente amenazado y que necesita, con urgencia, un enemigo visible al cual culpar de todos los males históricos.
Los tres candidatos, con sus respectivos comités de aplausos, se necesitan vivos. Se necesitan indignados. Se necesitan furiosos. La polarización es, sin duda alguna, el negocio político más rentable y lucrativo de la Colombia contemporánea. Un ciudadano sereno analiza los pro y los contra. Un ciudadano furioso reenvía cadenas falsas por WhatsApp a las seis de la mañana. Un ciudadano racional se toma el trabajo de comparar propuestas. Un ciudadano indignado vota impulsivamente con el hígado.
Las redes sociales terminaron de aceitar esta maquinaria del desastre. Twitter, TikTok y Facebook transformaron la política en un entretenimiento agresivo de gladiadores de teclado. El algoritmo de estas plataformas no busca la paz; premia la rabia porque la rabia genera interacción, retuits y tiempo de pantalla. Entre más incendiario y mezquino sea un discurso, más viral se vuelve. La moderación no produce clics; el odio sí, y cotiza al alza en la bolsa de la atención digital.
Mientras tanto, el país se va rompiendo despacio en pequeñas sectas ideológicas que viven en realidades paralelas e incapaces de cruzar palabra. Lo trágico de esta comedia es que millones de colombianos caminan hacia las urnas creyendo ciegamente que están defendiendo la democracia, mientras destruyen a punta de insultos el único requisito que la democracia exige para existir: la capacidad de escuchar al que está al frente. Los extremos nos infantilizaron la mirada: o estás conmigo sin quejarte, o eres el enemigo que debo destruir. Así funcionan las religiones fanáticas y así se destruye el criterio de un país.
Lo irónico de todo este drama es que los bandos en disputa terminan pareciéndose tanto que asusta. Todos odian la crítica periodística, todos se creen dueños de una superioridad moral incuestionable, todos viven obsesionados con controlar el relato diario y todos necesitan enemigos eternos para justificar su existencia política. Por eso, el verdadero riesgo de este año no es que elijamos a un presidente mediocre; eso ya nos ha pasado muchas veces. El riesgo real es que el país termine eligiendo un enemigo al cual destruir. Antes la gente votaba por alguien; hoy la gente vota contra alguien, contra los ricos, contra los pobres, contra las élites, contra el sistema.
Al final del día, cuando se cierren las urnas y se apaguen las pantallas, el incendio político seguirá consumiendo la casa. Los seguidores de Cepeda, de Abelardo y de Paloma tendrán que seguir compartiendo el mismo Sistema Masivo de Transporte, los empresarios necesitarán trabajadores y los trabajadores necesitarán empresas. Ninguna mitad del país va a desaparecer mágicamente por arte de magia electoral. La pregunta incómoda que nos queda flotando en la cara es simple: ¿Estamos votando para construir un mejor país, o simplemente estamos usando el tarjetón para desquitarnos las frustraciones de la vida?
Daniel Viáfara B.
La Grieta