Por Daniel Viáfara B.
Faltan tres días. El próximo 7 de agosto, en Cali —por primera vez en más de un siglo la posesión se sale de Bogotá—, Abelardo de la Espriella se pondrá la banda tricolor y Gustavo Petro se irá a su casa. Ganó por 49,66% contra 48,70%: unos 250 mil votos en un país de 52 millones de personas, una diferencia del tamaño de un municipio mediano. Y sin embargo, ese margen de pestañeo cierra un ciclo que parecía interminable. Con Colombia, el eje andino queda alineado a la derecha por primera vez en más de veinte años. Boric entregó Chile después de una paliza histórica. El MAS boliviano, el partido que gobernó casi dos décadas, se hundió en el 3,17% da vergüenza ajena. La llamada “Marea Rosa 2.0” se deshizo como panela en agua caliente. Y ahora vendrá la parte predecible: los derrotados dirán que fue el algoritmo, que fueron los medios, que fue una conspiración transnacional financiada por vaya usted a saber quién; que hubo fraude en mas de 150.000 municipios y que el ganador es ilegítimo, extranjero y paraco. Pero la verdad es más simple, más terrenal y mucho más dolorosa: confundieron el celular con el escritorio. Creyeron que denunciar el problema desde el poder era lo mismo que resolverlo.
Y no. Gobernar no es marchar todos los días en redes sociales contra un enemigo invisible.
Gobernar es que a doña Marleny, en Mariano Ramos, le alcance la plata del mercado hasta fin de mes. Que su hijo pueda regresar en la noche tranquilo a casa y no lo atraquen tres cuadras antes. Es que la cita con el especialista no se la den para dentro de cinco meses, cuando el dolor ya no sea de rodilla sino de todo el cuerpo.
Durante cuatro años vimos algo insólito: un presidente con la banda cruzada sobre el pecho comportándose como jefe de la oposición. Más de 14 mil trinos —diez diarios, en promedio—, ministros despedidos por X antes de que se enteraran por teléfono, consejos de ministros transmitidos en vivo como si fueran un reality. Se ganaba el debate digital a las ocho de la mañana y se perdía el país en las comisiones del Congreso antes del almuerzo. De más de 300 leyes aprobadas en el cuatrienio, apenas cerca del 10% salieron del Ejecutivo. Esa incapacidad de sentarse a construir mayorías convirtió a aliados posibles en enemigos gratuitos.
Pero el problema no fueron solo las formas. Fue la desconexión.
Mientras la señora de la tienda de la esquina pagaba vacuna cada viernes para que no le quemaran el negocio, desde arriba se hablaba de constituyente, de transformaciones a cincuenta años y de antiimperialismo. Mientras en Buenaventura y en Tibú la gente empacaba lo poco que tenía para salir corriendo, se dictaba cátedra sobre el orden mundial. Mientras las familias hacían filas para conseguir un medicamento que la EPS ya no despacha —y que toca comprar particular, o no comprar—, el debate era sobre quién había insultado a quién en redes.
Aquí está la verdad incómoda: la gente no vota por relatos. Vota por lo que le pasa en el cuerpo. El miedo de hoy, en la calle de hoy, no se calma con una promesa para 2075.
La derecha que se posesiona el viernes no ganó por virtuosa. No ganó porque tuviera un programa iluminado ni porque sus dirigentes sean ejemplo de nada. Ganó porque ofreció algo concreto, simple y verificable —orden, mano dura, cárcel— frente a una sensación generalizada de caos. Cuando alguien está asustado, no le pide poesías a quien manda. Le pide una respuesta.
Hay además una trampa cruel en esto de la atención, y la izquierda gobernante no la supo leer. El ataque y la polarización son herramientas buenísimas cuando uno está en la acera del frente, porque a la oposición nadie le audita resultados. Pero desde el poder, cada dardo se devuelve como bumerán. Pelear desde la Casa de Nariño le recuerda al ciudadano, todos los días, que alguien tiene la culpa de que nada funcione. Y cuando usted lleva cuatro años con las llaves del despacho, la gente hace la resta sola.
Conviene ser justo antes de caer en la caricatura: el ataque digital no es patrimonio de la izquierda. Los líderes de la derecha que llegan usan la misma artillería, coordinan las mismas bodegas, atacan a la misma prensa y polarizan con igual o mayor saña. La diferencia es que su agresividad venía empacada con una promesa inmediata y tangible. El ataque con gestión gana elecciones. El ataque que tapa el vacío es un suicidio anunciado.
Esa es la lección, y es implacable: la confrontación es un multiplicador, no un proyecto. Si detrás de la pelea hay obras, colegios, vacunas y empleo, la pelea agranda al líder. Si detrás solo hay reformas empantanadas y decretos que se caen en la Corte, la pelea agranda el hueco.
Ahora bien, que nadie celebre demasiado. Lo que recibe el gobierno entrante es una bomba de tiempo con mecha corta: una economía que crecerá apenas alrededor del 2,3%, un hueco fiscal que nadie quiere mirar de frente, y un electorado que ya perdió la paciencia y aprendió a castigar. La mitad del país no votó por De la Espriella. Casi la mitad votó por Cepeda, y esa mitad no se evapora el viernes: sigue ahí, en los mismos barrios, con las mismas necesidades.
Si el nuevo gobierno repite el error —cambiar la gestión por el espectáculo, gobernar para la tribuna y no para la cuadra—, el péndulo lo triturará con la misma velocidad. Y va a doler más, porque prometió resultados rápidos.
Los caudillos de teclado acaban de aprender por las malas algo que cualquier tendero sabe: se puede tuitear desde el poder todos los días, pero los votos se pierden en silencio, en la fila del banco, en la sala de espera de la EPS, en la esquina donde ya nadie se queda hablando después de las siete.
La pregunta, entonces, no es si aprendimos la lección. La pregunta es más incómoda y nos toca a todos: ¿cuántos gobiernos más vamos a tener que aguantar para entender que el problema no es de qué lado viene el que grita, sino que llevamos años eligiendo entre dos formas distintas de que no nos cumplan?
Daniel Viáfara Barona
